Prevenir no es reaccionar

Por Psicovera · · 4 min de lectura

Prevenir no es reaccionar

Los buenos tratos como red de protección

Cuando hablamos de prevención del suicidio solemos pensar en un momento, una crisis, una llamada de emergencia, una señal de alarma que hay que saber leer a tiempo. Y sí, saber reconocer esas señales es muy importante. Pero la prevención más poderosa no ocurre en ese instante. Ocurre mucho antes, en lo cotidiano, en la calidad del vínculo que construimos día a día con nuestros hijos e hijas.

El suicidio no nace de un solo factor ni de una sola persona. Es un fenómeno que tiene contexto, que  se gesta en la intersección de la historia personal, el ambiente familiar, la escuela, el grupo de pares y la sociedad que rodea a cada niño, niña o adolescente. Por eso, prevenir no es tarea exclusiva de la persona en riesgo, ni siquiera sólo de quien la acompaña en terapia. Es una responsabilidad compartida, y la familia es uno de los territorios más fértiles para sembrarla.

El vínculo como primer factor protector

Los buenos tratos no son un lujo emocional, son una necesidad de desarrollo tan básica como la alimentación o el sueño. Un niño o adolescente que crece sintiéndose visto, escuchado y valorado, incluso cuando se equivoca,  construye una base interna de seguridad que lo sostiene cuando la vida se pone difícil.

Los buenos tratos incluyen, entre otras cosas:

Estas prácticas, sostenidas en el tiempo, son las que van tejiendo lo que en salud mental llamamos factores protectores. No eliminan el dolor ni las crisis, pero sí amplían la capacidad de un niño, niña o adolescente de pedir ayuda antes de sentirse completamente solo con lo que le pasa.

Una mirada comunitaria, no individual

Es común que, ante una tragedia, busquemos una causa única y una responsabilidad única. Pero cuando entendemos el suicidio como un fenómeno social y contextual, el llamado cambia de dirección. No se trata de encontrar culpables, sino de fortalecer redes. La familia, la escuela, el grupo de amigos, la iglesia  y la comunidad completa tienen un papel en sostener a quienes atraviesan momentos de sufrimiento intenso.

Esto también alivia la carga injusta  de culpa que muchas familias llevan en silencio. Ningún padre o madre tiene control total sobre lo que su hijo o hija siente o decide. Lo que sí está en nuestras manos es construir, desde hoy, un ambiente donde hablar del dolor no sea un tabú, y donde pedir ayuda no se viva como una debilidad.

Qué pueden hacer las familias hoy

La prevención del suicidio no se resuelve con una frase ni con una sola conversación. Se construye en la suma de pequeños gestos de buen trato, sostenidos en el tiempo, que le dicen a un niño, niña o adolescente: "aquí importas, aquí perteneces, aquí puedes caerte y te vamos a sostener". Esa certeza, cultivada desde la cotidianidad familiar, es una de las formas más profundas de cuidar la vida.